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viernes, 22 de marzo de 2013

El mal del ímpetu

Iván Goncharov
Minúscula, Barcelona (2010) 103 págs.  Traducción: Selma Ancira.

Ivan Alexandrovich Goncharov (Simbirsk, 1812 – San Petersburgo, 1891), es un escritor ruso que se colocó entre los primeros con su célebre Oblomov, publicada en 1859, que tardó diez años en escribir y que sin duda es una de las grandes novelas de la literatura rusa. Goncharov también escribió novela corta y cuentos y entre ellos se encuentra “El mal del ímpetu”, relato breve pero muy sustancioso, escrito en 1838.
La novela comienza preguntando: “¿Han leído ustedes, muy señores míos, o por lo menos han oído hablar de ese extraño mal que antaño padecieron los niños tanto en Alemania como en Francia y que no tiene nombre ni ha quedado registrado en los anales de la medicina?”. Y así nos introduce para que comprendamos la enfermedad que aqueja a los exquisitos Zurov y que va a ser relatada por el amigo de la familia Filip Klimovich. Los Zurov viven en San Petersburgo, son una familia bien situada económicamente y culta; su casa durante el invierno está abierta a tertulias, se escucha música y se lee. Todos son bien recibidos.
Pero al llegar el buen tiempo, sufren una profunda transformación y son presa de una vitalidad tal, que les empuja a salir al campo a contantes excursiones, a un no parar, una especie de locura que les lleva hasta descuidar su salud y olvidarse de comer. Todos desde la abuela hasta los más pequeños se ven arrastrados por esa “seducción diabólica” (pág 52), como la llama Klimovich, que es el mal del ímpetu: un querer sacarle todo el jugo a la vida y a la naturaleza.
En el otro extremo está Nikon Ustínovich, al que va a consultar el narrador sobre la familia y que es un perezoso y glotón personaje, rico ucraniano, que vive permanentemente en la cama y que recuerda mucho a Oblomov.
El relato es hilarante, con momentos de verdadera risa y con unos personajes de todas las edades que están magníficamente retratados. Destaca la excursión esperpéntica y divertidísima en la que se ve envuelto Klimovivh. Y todo esto en un clima narrativo totalmente ruso.
No hay duda de que estamos ante una sátira, pero que no deja de tener actualidad, ante el peligro de los excesos y también de ese activismo tan propio de la sociedad contemporánea y que lleva a perder el sentido del equilibrio ante una actividad apasionada y desenfrenada
Breve narración, muy rusa, divertida, relajante y que nos llevará a degustar la auténtica literatura rusa.

jueves, 14 de febrero de 2013

La Señal y otros relatos

Vsèvolod Garshin
Contraseña Editorial, Zaragoza (2010), 250 págs. Traducción: Sara Gutiérrez. Prólogo de José Carlos Mainer

Vsèvolod Garshin es un gran maestro y muy poco conocido del relato breve. Nacido en Ucrania, con una corta vida y un fin trágico ya que se suicidó a los 33 años.
Su intervención en la guerra ruso turca dejó en él profundas huellas que se reflejaron en muchos de sus relatos. En esta selección se incluyen algunos como “Cuatro días” que es la sobrecogedora historia de un soldado que después de matar a un turco, es herido y abandonado y tiene que pasar cuatro días sin moverse junto al cadáver de su enemigo. Su visión de la guerra, de la persona, del mundo y de la existencia se depura en el monólogo que desarrolla en esos días hasta que es encontrado.
El cuento que cierra la recopilación, La Señal, y que da título al libro es una historia, también con fondo de guerra, ya que el protagonista es un antiguo soldado, de la honradez y conciencia de un hombre de bien, frente a un compañero resentido, egoísta, cruel y despiadado. Un escrito colosal y conmovedor.
La Flor roja es el tercer cuento que se puede resaltar. Fue dedicada por el autor a Turgeniev y se centra en un enfermo psiquiátrico y sus alucinaciones producidas por tres flores rojas plantadas en el centro del hospital donde es recluido. Es un relato magistral en que el autor refleja sus propias experiencias ya que él mismo estuvo internado en un centro de estas características y donde lleva el relato fantástico a un nivel superior.
El resto de los cuentos (en total, nueve) son representativos de la breve obra de Garshin (una veintena de relatos) y muy característicos del alma rusa: el amor, la indecisión, la muerte y el suicidio, la impasibilidad, etc, que están extraordinariamente escritos, reflejando la compasión, la piedad, la comprensión de un espíritu abierto, pero atormentado. Todos ellos son duros, solo mitigados por la excelente pluma de su autor; él mismo confesó en una carta a un amigo: “He escrito sinceramente, sin disfrazar nada, y he puesto sobre el papel las cosas que realmente han angustiado mi alma”.
La introducción del libro es muy valiosa, sobre todo para quien conozca poco a Grashin y la época dorada de la literatura rusa del XIX. Es una selección culta y excelente.

miércoles, 6 de febrero de 2013

Una familia venida a menos



Crónica familiar de los príncipes Protozánov (Redacción de la princesa V.D.P.)
Nikolái Leskov
El Aleph Editores. Taller de Mario Muchnik. Barcelona (2010) 299 págs. T.o: Zajudalli rod. Traducción: Jorge Ferrer.

            Cuando hablamos de escritores rusos del XIX tendemos a dejar de nombrar junto a los grandes a Nikolài Leskov (1831-1895), y sin embargo es un ruso genuino de una indudable talla literaria y al que Dostoievsky apreció y dio a conocer. Se le podría calificar como el gran narrador, porque eso son sus novelas, narraciones que fluyen mansamente y van entusiasmando según se avanza en su lectura.
            “Una familia venida a menos” fue publicada en 1874, en la época más brillante del autor y constituye la crónica familiar de los Protozánov, concretamente del período en que la princesa Varvara es la cabeza de la familia. Todo el relato lo hace una nieta suya, pero valiéndose del testimonio de una de las siervas y consejeras más íntimas de la princesa.
            Al inicio se incluye una presentación verdaderamente sugestiva y que predispone al lector a descubrir lo que podría ser una epopeya: «Nuestra familia es una de las más antiguas de toda Rusia. Todos los Protozánov somos descendientes por línea directa de los primeros príncipes que gozaron de poder en estas tierras y en nuestro escudo familiar consta que nuestros títulos de nobleza nos pertenecen por herencia y no «por acta notarial». No hay narración sobre la historia de la antigua Rusia donde no aflore aquí o allá el nombre de alguno de nuestros antepasados».
            Y a partir de ahí comienza un desfile de personajes singulares en el que destaca la princesa, ejemplo de dama con carácter, clarividente, leal, respetuosa y con un amor a sus semejantes que le lleva a estar pendiente constantemente de sus siervos, abomina del engaño, de la simulación y defiende, por encima de todo, la nobleza de casta que debe de manifestarse principalmente en las acciones. Ella, con su luz, va dando entrada al resto de los personajes, sencillamente muy rusos y cada uno de ellos peculiar.
No es sin embargo un relato atemporal, los sucesos del momento impregnan toda la narración y dan una visión amplia y exacta de la situación histórica por los que pasa Rusia: una nobleza de la sangre decadente y afrancesada junto a otra advenediza proveniente de la burguesía, una monarquía zarista sin prestigio y un pueblo que aunque está acostumbrado a soportar todas las humillaciones empieza a revelarse. La educación de los nobles es otro de los capítulos donde el autor se esmera con una crítica ácida. La iglesia tradicional ortodoxa también tiene su espacio y tampoco están exentos de la crítica sus ministros al no estar a la altura de lo que representan.
El estilo es ágil y la ironía y el humor van acompañando el relato que el autor califica como crónica. Si leer a los clásicos siempre aprovecha, cuando el lector descubre a uno menos conocido siente una satisfacción mayor y esto es lo que pasa con Leskov.
La cuidada edición de El Aleph favorece la lectura.